viernes, 14 de octubre de 2016


UN MAL HUMOR DEMOCRÁTICO

Hay gente que piensa en conceptos como “democracia” o “justicia”, integrándolos de una manera que pareciera otorgarles vigencia real dentro de las pautas sociales. Y así como les consta que por dentro de sus venas corre sangre, y por eso se mantienen vivos, piensa que en cualquier circunstancia rigen tales supuestos valores.

De tal manera, se tiende a suponer entonces que tal selección es “la que desea la mayoría” y por lo tanto es “justa”. Así, por ejemplo se llega a exigir que Messi integre sí o sí la selección, o que a tal personaje que no les gustan deberían ponerlo ya mismo preso.

Pero una característica innata del capitalismo vigente en todo el mundo, es que lo que emite nunca es ni democrático ni justo.

Alfred Nobel inventó la dinamita y se llenó de guita. Tanta, que cuando se dio cuenta de la cantidad de cadáveres que residían debajo de cada billete que juntaba (familiares suyos incluidos), decidió inventar esto de los premios. Que, por característica del sistema económico dentro del cual lo creó, le permitió el privilegio de juntar tanto dinero, que su fundación se transformó en un importante “emprendimiento de carácter privado” que regularía la entrega de distinciones que volvían acaudalados a quienes lo recibían.

Porque el premio Nobel es una entidad que entrega sus premios a quien quiere, cuando quiere y cómo quiere. No nos consulta para conocer quién nosotros consideramos que lo merece, o por qué. Como no nos consultan para entregar ningún premio que se otorgue sobre la tierra, sea el Oscar, el de Cannes, la Copa del Mundo o el Martín Fierro.

Ni democracia, ni justicia. Como sucede con la naturaleza, solo basta con observarla: maravillarnos con la suave brisa que nos acompasa o irritarnos y compadecernos cuando un huracán nos arrasa.

Moraleja: ¿a qué viene discutir si a Bob Dylan le corresponde o no recibir el Nobel de Literatura? Como dice mi amigo Cacho Martínez: “ya sé que el Porsche que me compré es lujo, ostentación y despilfarro, pero lo compré con mi plata, y con la plata hago lo que yo quiero”. Channnnn.

viernes, 5 de agosto de 2016

Lo lograron
Hay que reconocer que a finales de los setenta, la cosa estaba difícil.
Un informe expresaba que “Lo que hay que conseguir es tener un control definitivo sobre las variables de crecimiento tan desparejo. Crece la población, crece la conflictividad, aumenta la cantidad de enriquecidos, pero es mayor la de los pobres. Es obvio que el comunismo se estrella, pero ¿y entonces qué?”
El control definitivo de variables, es un concepto suficientemente amplio como para saber qué tanto abarcaba dicho control.
Los esfuerzos lograban mucho éxito, pero lo que se obtenía parecía lejos de lo que se buscaba.
El poder ya entendía que gran parte del logro de controles efectivos estaría en manos de avances tecnológicos. Muy lentamente, se notaban ya mejoras en el terreno de procesadores que permitían productos muy tímidos, que apenas se asomaban a un resultado exitoso.
Llegado los ochenta, los pequeños bichos que aparecían eran más decorativos que efectivos: la “computación hogareña” (¿se acuerdan de la Commodore?) la PC, la PS, la MAC… La revista Time llegó a destacar a la PC como el personaje del año.
En un rincón, sobresalía el ladrillo de Motorola. ¿Teléfono celular? ¿A quién se le ocurre tratar de portar encima semejante mamotreto?
Por entonces, nadie imaginaba la profunda revolución que se estaba gestando: la PC y el celular dejarían esos cómodos lugares que le marcaban viejísimos paradigmas de complejos teclados y atravesados sistemas.
El crecimiento de los 90 a los dos mil no daba mayores pautas, salvo para quienes realmente estarían en todo momento detrás de este proceso.
Recién con la segunda década del siglo 21 amanecería con aquello que los poderes estaban esperando: ¡Android! ¡IOS!
¿Y qué cuernos son? Apenas si sistemas operativos esbozados entre gallos y medianoches para paliar la ansiedad de… ¿los usuarios? ¡No, señor: las del poder!
Las transformaciones fueron tan rápido, que nadie se ha puesto a pensar qué llevan en el bolsillo, la cartera o en la mano. Creen que es un dispositivo chiquito que les permite desde leer el diario o escuchar música, hasta ver videos o el noticiero o comunicarse con otras personas. Cosa que es cierta pero… también es para saber dónde está y estuvo desde que le “asignaron” el dispositivo (y esto va para los que creen que “lo compraron”). También es para saber por dónde navegó por internet, quiénes se comunicaron con él, qué radio o música escuchó, cuáles son sus canales o actividades preferidas, qué compró, cuánto gana, cuánto acumula en el banco, a qué hora duerme, cuáles son sus gustos, quiénes son sus amigos, amantes, familiares, en fin…
¿Alguna duda?
Con esta antipática óptica tan retrógrada, sería recomendable abandonar ya mismo el dispositivo y no usarlo más. Pero también creo que ya es tarde para ensayar alguna solución.
Así que tomá tu hermoso dispositivo y escribí ya mismo tu propia frase en what’s app. “Aquí estoy leyendo a un boludo que cree que hacer esto es para que me controle el poder, ¿no es rebolú?”

Y sí, bolú, es rebolú.

miércoles, 27 de abril de 2016

LA CENSURA EN UN LUGAR LIBRE CARENTE DE CENSURA

                   Isabel Sarli ha sido una de las estrellas más impactantes del espectáculo argentino. Fue consagrada en 1955 como la más bella, representando al país como “Miss Argentina” en el concurso de “Miss Universo”.

 En un reportaje, recuerda Isabel Sarli:
“En los Estados Unidos, con 'Fiebre', tuvimos un problema que nunca nos había pasado. La Aduana no nos dejaba entrar la película por las escenas del caballo, es decir, no permitían que se vea el sexo del caballo», cuenta la «Coca». «Pero bueno, tampoco la querían cortar, decían que no había censura en los Estados Unidos, y que no podían cortar una escena de una película, pero que tampoco la podían dejar entrar a su país así como estaba. ¿Qué hacemos? Ya está programado el estreno de la película, les dijimos: 'Vayan a otro país, la cortan, y la vuelven a traer'. Armando tenía un socio en Panamá, donde habíamos filmado 'Desnuda en la arena'. Fuimos a Panamá, cortamos esa escena ahí, volvimos con la película y entonces nos dejaron entrar sin problema. Pero en el cine del estreno, al dueño se le ocurrió hacer una marquesina gigante con un caballo, con una lamparita que se le prendía al caballo, ¡¡¡justo ahí!!! ¡Fue un escándalo!» y las risas de la «Coca» al recordar el episodio ayudan a omitir todo detalle ulterior al respecto.” (Ámbito Financiero, 4/1/2008; http://www.ambito.com/diario/379182-los-viajes-de-la-coca-sarli). La cita refiere al film argentino “Fiebre” de 1970, dirigido por Armando Bó y protagonizado por la actriz que relata, quienes fueron sistemáticamente perseguidos en su tierra natal, acosados por una censura de carácter oficial, promovida por representantes de la iglesia católica.

La tradición cultural occidental tiene como referente ineludible a Europa, un lugar que a pesar de algunas contradicciones, el arte y la literatura crecieron sin ataques morales de mayor importancia. Salvo durante eras de regímenes autoritarios, los creadores no vieron limitadas sus expresiones. Gracias a lo cual, hasta hoy podemos disfrutar de sus obras.

En América, la cuestión no ha sido tan sencilla. Tanto el protestantismo en el norte, como el catolicismo en el sur, han hecho valer sus concepciones morales a lo largo de la historia. En el sur las reiteradas dictaduras tomaron los conceptos de la libertad artística como  sinónimo de cuestiones a combatir.
En Argentina esto se llevó a la práctica de forma que oscilaron entre lo ridículo y lo patético. Está de más decir que varias generaciones presenciaron expresiones de arte “higienizadas” según el criterio de los censores, y en muchos casos inhibidos de presenciarlas por prohibición total. Desde la ópera “Bomarzo”, pasando por films como “Teorema” o “La jaula de las locas” que no conseguían permiso de exhibición, o instalaciones como la de un baño público del artista plástico Roberto Plate.

Más atrás en el tiempo, en la década del cuarenta, un afán purista del idioma consideró ofensivo el lunfardo, llegando a objetar sketchs cómicos y hasta tangos en los que sus autores debían cambiar términos como “mi viejita” por “mi madrecita”.

Este panorama solía tener iguales consecuencias en otros países latinoamericanos con gobiernos autoritarios, que siempre actuaban con principios “sanitarios” frente a las expresiones artísticas. Y los más populares, como el cine, la radio y más tarde la televisión fueron los más afectados. Está de más decir que no se detenían frente a nada, y así como se les agregaba sin avergonzarse taparrabos a los caballeros en bolas de los murales clásicos, se escondían las ninfas desnudas de la fuente de Lola Mora en la Costanera, o se mandaba a depósito la grácil niña sin ropa en pose supuestamente provocativa del Parque Rivadavia (y hoy ya restaurada).
Los milicos tenían todo el poder, y contaban con el aval de religión oficial, que tenía sus representantes oficiales en las comisiones de limpieza y desinfección en nombre de la moral cristiana y las buenas costumbres burguesas.

Otra fue la historia en Estados Unidos, un autodeclarado baluarte de las libertades individuales, por lo que la censura no pudo practicarse sino en forma encubierta. El “Código Hays”, un papiro regulatorio para todo el cine americano, determinaba los temas “a tratar” y su extensión. Es decir que exponía la expresa desaparición de ciertas cuestiones, y cuando no podía hacerlas desaparecer, las limitaba. Como la duración que tenían que tener los besos, su intensidad y el tipo de formulación que debían alcanzar. Pero: ojo, nadie podría decir que esto fuera censura: se las arreglaron para que el código fuera desarrollado por los propios productores de films, asociados en una cámara, en realidad digitada por Mr. Hays, no casualmente un político. Este tipo de restricciones tan minuciosa fue el marco en que debieron filmarse todas las películas (algunas de ellas hoy clásicos del cine hollywoodense) entre 1940 y 1960. Un tipo de censura que en el presente denominaríamos, con más propiedad, como obligada “autocensura”.

William Hays, un diácono de la iglesia presbiteriana norteamericana, antes de lograr la presidencia de la organización que nucleaba a productores y distribuidores de cine, había sido presidente del Partido Republicano y funcionario del gobierno. Y fue el encargado de ser el censor de un país “libre y sin censura”. Sólo “regulaciones autoadministradas por sus propios productores”. Un flor de eufemismo.

lunes, 25 de abril de 2016

MASCOTAS VERSUS BIFES

Lo habitual en muchas participaciones espontáneas en internet es el alto grado de violencia empleado en el lenguaje, con agresiones, insultos y provocaciones. Con lo cual las respuestas no se hacen esperar y duplican o extienden tal forma de opinión.
Más de veinte años en el lugar, me han llevado a entender la inutilidad del recurso: no pasa mucho, los monitores son una especie de ring en el que se ahondan los enfrentamientos.
Suelo participar usando, a lo sumo, la ironía, las comparaciones, lo absurdo de las situaciones en sí. No todo el mundo lo toma bien, pero… si no estoy de acuerdo, expongo mi por qué, y eso provoca polémica, ¿cuál es el problema? Si no ¿para qué habría de participar?
Es la tercera vez que me expongo a un colectivo virtual muy poco condescendiente: el de los adoradores de mascotas.
Es que, ya desde muy chico, nunca entendí en qué se diferenciaba una mascota del resto de los animales. Mejor dicho: sí entiendo que una mascota es un animal doméstico, el cual por sus características puede convivir con los humanos. Y también alcanzo a comprender las dificultades que crean animales como las víboras, los leones o los elefantes en su mera permanencia con humanos, lo que provoca que no formen parte del mundo mascotero.
Ojo: también entiendo que se haya elegido a determinados cuadrúpedos para otros fines, por supuesto poco cruentos, como vacas, ovejas o cabras para conseguir leche, o aves para huevos. Y toda una variedad de la escala animal para alimento a través de su carne: mamíferos, aves y peces.
La diferencia es que los animales que se eligen para alimentación, deben sacrificarse. El darles el pase de seres vivos a alimento humano suele ser un espectáculo nada grato: a las vacas se las apalea, a los cerdos se los desangra, a las aves se las descuartiza o las acogota.
No abunda la queja por esto, la dimensión diaria del sacrificio animal en el mundo es colosal. Tal vez el hecho de ser considerados salvajes, haga que muchos de nuestros congéneres lo consideren algo no merecedor de ser tenido en cuenta. “De eso no se hable”.
Pero existe consenso bastante desarrollado en que a las mascotas no se las debe tocar. Se les ha dotado de una identidad afín a la humana, que inhibe de hablar de ellas en términos que no sean el de protección, cuidado o considerarlos humanos.
Es común que en el cine hollywoodense se mencione que en el film que uno presencia no se han maltratado animales (remplazados, tal vez, por animaciones o robots). Aunque se vea que en la fiesta de acción de gracias la mesa sea presidida por un enorme pavo horneado: matar y hornear un pavo no provoca reacciones, a lo sumo hambre. La presencia de comida constituida por animales a los cuales se los debió sacrificar a pocos se les puede ocurrir sea algo malo o contradictorio. Ni las hamburguesas de McDonald’s, los Nuggets de Kentucky Chiken Fried o los hotdogs callejeros, los sándwiches de jamón o pavita despiertan susceptibilidades. Es más: en términos de saciar el hambre nadie piensa en la muerte de un animal al masticar y deglutir.
Y, peor: a muchos les repele que yo convoque el tema. No soportan lo que digo: no quieren casi ni pensarlo por un momento, se incomodan y seguro me van a contestar mal.