miércoles, 17 de junio de 2026

 LOS CRONÓFAGOS

Con ese título se desarrolló un programa radial durante unos meses de 1971. Tal vez no haya sido más que una típica prueba piloto, ya que parecía algo onerosa en su constitución, y a los mismos integrantes los sorprendió el día que lo discontinuaron.

En realidad formaba parte de un proyecto mayor que incluía la reformulación artística de Radio El Mundo de Buenos Aires, y el acompañar el proceso político gubernamental llamado GAN (Gran Acuerdo Nacional), que había instituido Lanusse como salida a la ya decaída dictadura militar.

Qué fue, qué y cómo era Radio El Mundo.

Creada en 1937 por el multimedio Editorial Haynes, fue la primera emisora radial con edificio construido adrede para radio, con siete estudios para cada estilo de transmisión, y la distinción de contar con un auditorio con capacidad para 500 asistentes, que permitía programas especiales con actores, orquestas y coros. Durante las décadas siguientes acompañó la vida diaria de muchos argentinos. A mediados de los 40 había sido estatizada, al igual que otro grupo de radios originalmente privadas.

Desde la década del 30 Argentina había visto aparecer un fenómeno nacido desde el corazón del poder económico: la incursión militar en la política. Los militares tomaban el poder y llevaban a cabo dictaduras. Sucedió en 1930, 1943, 1955, 1958, 1961, 1966 y 1976. Este es un telón de fondo indisimulable para cualquier reseña histórica del país.

La dictadura militar impuesta en 1966 había cerrado el Congreso y anulado a todos los partidos políticos (el peronismo ya estaba prohibido desde 1955). Impuso a un economista al frente del Ministerio de Difusión y Turismo, Federico Frischknecht, que tomó ocho de las radios estatales en su plan de austeridad, y las localizó en dos grandes núcleos físicos. Así El Mundo, con sus siete estudios, pasó a llamarse Radiocentro y pudo alojar también a las radios Splendid, Mitre, Antártida y Excelsior. Las otras tres quedaron instaladas en los estudios de Radio Belgrano.

Pero los sucesos políticos no continuaban en paz. El dictador Onganía fue siendo desplazado hasta arribar a Lanusse, un militar de apariencia conciliadora que debió aceptar que convenía retomar las constitucionales prácticas democráticas. En su cabeza (y en la de la poderosa masa civil que avalaba hasta ese momento su continuidad) comenzó a auspiciar un proceso al que denominó GAN, Gran Acuerdo Nacional. Para los expertos políticos esto escondía una forma de intentar manejar cierta continuidad por vías electorales. Un tiempo después esto se confirmaría cuando se presentó un nuevo partido con la propuesta presidencial del ignoto oficial de Aeronáutica Ezequiel Martínez, un posible “presidente joven que sabe y puede” que en realidad apenas si alcanzó el quinto lugar con 2,91% de los votos.

La nueva radio

En 1971 El Mundo no sólo había perdido gran parte de aquella aura prestigiosa que había sabido ganar desde su fundación, con programas de altísima audiencia como el Glostora Tango Club o Los Pérez García, sino que los programas de sus competidoras lo superaban en audiencia. Fenómenos nuevos, como “La gallina verde”,  “El show del minuto”, “Charlando las noticias” o el “Fontanashow” comandan ratings y todos estaban radicados en las emisoras de la competencia. Para colmo su sombra eterna, la Radio Belgrano venía realizando desde antes su propio cambio de imagen con excelentes resultados.

La solución pareció llegar de la mano de su nuevo director: Eduardo Lagos. El planteo de cambio tomaba los mejores ejemplos usuales en el marketing: cambiar todo, logotipos, isotipos, características, identificaciones, eslógans. Así, de la noche a la mañana “LR1 Radio El Mundo” pasó a ser solamente “El Mundo”, acompañada con intermedios de modernísima música electrónica y sugerentes voces de locución.

Las emisoras de radio, de una u otra manera, seguían a muerte con tareas reglamentadas con manuales que exigían no sólo registrar en detallados libros todo lo que salía al aire, sino limitar la espontaneidad respetando lo aceptable. Eso que en otros contextos suele denominarse censura a secas.

Alberto Ruanova, un exitoso director de teatro con cierto prestigio en sus tierras cordobesas, movido por sus contactos políticos animados por el GAN, se instaló en la capital con la misión de crear un programa ambicioso, y para nada económico: contratar una pléyade de grandes figuras con un programa de tres horas en la mañana y que lograra la fuerza de desplazar a “La gallina verde”, exitosa en esa “Radio Continental”, experimento privado que cada vez pisaba más fuerte.

Las figuras que aceptaron el desafío concentraban renombre, prestigio, autoridad y trayectoria. Se trataba de Florencio Escardó, un médico pediatra de vasta actuación benéfica y sanitaria que a la vez tenía trayectoria literaria con su alias de Piolín de Macramé; Eduardo Bergara Leumann, un personaje múltiple que abarcaba desde el humor gráfico, la actuación, la plástica, y los emprendimientos comerciales; Dante Panzeri, un personaje tan odiado como querido en el mundo deportivo, por sus ácidos comentarios críticos que revolvían avisperos por entonces intocables; Carlos Warnes, un humorista original, ex libretista de Tato Bores y más conocido por su alias de César Bruto, alguien que escribía al márgen de la RAE.

Intervenían, además, columnistas de distintos orígenes, algunos especialmente contratados, otros del plantel estable de la emisora. Los más destacados eran Luis Pedro Toni, Néstor Romano o Margot de Kumec, con
colaboraciones circunstanciales como las de Humberto Biondi, Dora Palma o Rafael Díaz Gallardo.

El programa se estructuró de 8,30 a 11,30 de lunes a sábado con un esquema de lo que hoy llamaríamos “magazine”. Dos conductores del plantel de la emisora: Jorge Raúl Batallé (también folklorista, y tal vez no casualmente primer animador de “La Gallina Verde”) y la misionera Cristina Madelaire conducían el hilo del programa, con cada día la intervención de alguno de los citados. Los viernes armaban un panel VIP, ya que en una gran mesa redonda intervenían Escardó, Panzeri y Warnes. Los sábados iba música y libretos de la producción.

La misión de apalancar el GAN, amplió generosamente la intervención de columnistas con personajes aportados por algunos partidos políticos que aceptaban ceder figuras de sus staffs culturales.

Cumplidos tres meses, un día anunciaron su finalización y el comienzo de un nuevo programa con perfil eminentemente periodístico a cargo de Carlos Rodari y Roberto Vacca. El Mundo siguió con su nueva cara algún tiempo después. Más tarde fue comprada por Amalia Lacroze de Fortabat, cambió de sede y de sociedades hasta su desaparici

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